Así mi fobia a las hormigas amarillas y a los bachacos que a la luz parecían violetas. Las tardes se me pasaban con esa prima que se mecía en mi corta lengua, y aderezaba mi memoria con el olor de su saliva ácida en mi tez morena. Era tres años mayor que yo; supongo que tres años más inquieta que yo.
Los días me llevaron a tornarme redonda y a parecer muy fresca en las rejas maltrechas de la casa de mi abuela. Años después, me tomó un sábado entero saber que tocarse demasiado el cabello era signo de una mujer atenuada furtivamente. Te digo que a mi edad quería ser muy rubia, con las facciones de la niña que me besaba de lengua tres veces más inquieta que yo. Se me hacía injusto saludarlo de beso cuando ella se pavoneaba por la acera, casi haciéndome saber que la inquietud de algunos años, hacía sonrojar con menos discreción al pobre. Una tarde decidimos mentirle con la frialdad de alguien que, tres veces más viva que yo, podía defecar en el patio, bajo el pecho de paloma fruncido, donde retozaban aquellas hormigas teñidas de miel. Deletreé pudor dos veces y pude congregarme sobre el cubil de las mocas muertas.

