mañana, cuando abra los ojos
lo que quiero es,
y lo que me gusta pensar que harás
es colocar tu boca
donde para mí,
siempre es más hermoso.
19.4.13
24.3.13
Te advierto que una vez
por poco atropello tu recuerdo y muchas otras veces quise agredirlo lentamente.
Quise censurarte, yo que no tolero los tapones de boca. Que no me gusta que me
ataquen el desconsuelo cuando estoy silente. Que me arrugo cada vez que me
tropiezo con escalones flexibles. A veces me sorprende la facilidad con la
que describe su intimidad, porque una cosa son las habitaciones vacías y otra
muy distinta son los cuerpos que se habitan. Yo, en mi muy personal opinión,
creo que el futuro es un monstruo perfecto, una ligera capa que nos
divide de una eterna identidad, o de todo lo contrario. Eventualmente tocará
encender la lucidez de muchas soledades. Tocará reducir la vida a un salto de
rayuela o a una costra marrón, que podría ser la de un hijo mío o la de un hijo nuestro. Tocará diluirse en
nombres imponentes y en un saco de suspiros, tocará engendrar el carácter
de los cuerpos que me habitan. Tocará sentirse ajeno a los domingos y a los
días festivos, para que nuestras propias deidades se arrodillen en el pecho de
uno de esos cuerpos tranquilos, porque algo me dice que la sumisión será
nuestro último recurso y sin embargo hace tiempo que logré emplearme en tu
muerte. Hace tiempo que tengo un cielo entre mi pelo y mi cadera, donde pasa
tiempo tu recuerdo, escondido, denso y sumiso, porque así es como me gusta a
mí.
22.3.13
4.2.13
Bulbul.
Me resulta confuso encontrar tus iniciales en una sopa de letras;
porque le huyo constantemente a tu recuerdo
a tus gafas y a tu sonrisa
le huyo a tu boca, a tu lengua de animal
redondo
peludo
gordo de pena
maullo para que vuelvas y me salves
maullo para que me respondas con despecho, para saber que vives ermitaño
y adivinar de qué tamaño me odias
maullo, para que respondas
como los osos
para que cese tu llanto
y tus patas se vuelvan redondas,
como los días
maullo, porque antes de rezar maullo
y siempre me hizo falta un animal que me rascara la panza
y me sacara pulgas;
una necesidad casi permanente
que me hace recurrir al recuerdo,
al tangir de la memoria que te guardo.
Veo venir tus quejas, porque
aún no hago cosa que te haga bien;
Pero te di una libertad que pudiste morder de mi pelo, unos rizos
de mis pasiones
mis alas (ena)moradas
y los niños que quise.
Ven, ya crece conmigo;
es que te me haces cada vez más lejos
pero estás ya casi tan peludo como te dejé
y me emociona
me enternece,
porque no me posees
sino me poeses.
porque le huyo constantemente a tu recuerdo
a tus gafas y a tu sonrisa
le huyo a tu boca, a tu lengua de animal
redondo
peludo
gordo de pena
maullo para que vuelvas y me salves
maullo para que me respondas con despecho, para saber que vives ermitaño
y adivinar de qué tamaño me odias
maullo, para que respondas
como los osos
para que cese tu llanto
y tus patas se vuelvan redondas,
como los días
maullo, porque antes de rezar maullo
y siempre me hizo falta un animal que me rascara la panza
y me sacara pulgas;
una necesidad casi permanente
que me hace recurrir al recuerdo,
al tangir de la memoria que te guardo.
Veo venir tus quejas, porque
aún no hago cosa que te haga bien;
Pero te di una libertad que pudiste morder de mi pelo, unos rizos
de mis pasiones
mis alas (ena)moradas
y los niños que quise.
Ven, ya crece conmigo;
es que te me haces cada vez más lejos
pero estás ya casi tan peludo como te dejé
y me emociona
me enternece,
porque no me posees
sino me poeses.
1.2.13
Traigo polvo del camino.
Tendría que comprender
que el día termina en un chorro de agua turbia que elimina el rastro de toda
nimiedad. Tendría que obligarme a comprender que en algunas personas se
envuelven los recuerdos y el sabor a otras personas, porque debe haber tacto
para todas las cosas delicadas que sólo pueden definirse u otorgase si hay
conciencia respecto al tiempo y la vida. Tendría que obligarme a saberme
absurda constantemente, a mover la cola, a maullar o a distraerme con
frecuencia; para dotarme (suavemente) de aquella hermosa capacidad de olvidarlo
todo. Incluso aquello con lo que no nací. Tendría que hacerme la tonta, la que
se durmió y se despertó averiada, la que ha perdido la cordura, la gorda del
quinto, la que nunca dice nada. La que nunca dijo cómo, nada de nada. Quisiera
tener pocas razones para enmarcar las paredes con mi queja, como para
sectorizar los que no me agradan de los que me agradan en exceso y prolongar mi
estancia en otros lugares como por pura estrategia. Para que todos me quieran y
algunos me odien con exceso para variar un poco la causa. Pero sé cuándo les
gusta creer que es con ellos. Me preocupan las casas y los bultos temblorosos
que se ven pasar cuando el carro va andando; se diluyen en las ventanas
solitarias en el regazo de los animales salvajes que alguna vez fueron mi
cuerpo. Creer que el tiempo ha sido siempre inexorable de sí, me ha salvado de
una gran desilusión y sin embargo estoy agradecida.
Que suceda lo inevitable aunque la ira sea medida por mi lucidez y no por cómo vivo y aunque resulte molesto, esta bola torpe no sabe referirse a los recuerdos más que por desecho; es el polvo esparcido a través de las grandes historias por toda la vida.
11.9.12
Comojos de paloma.
Y a su vez un maullido chicloso le afinaba el oído y casi
desesperado tornó en redondas sus pasos, como si quisiera ser más bien el
hombre de ese gato enardecido; rabioso mantuvo el interés tras la sombra que ya
conocía, era la cola rosada que aquella bola de algodón había dejado en algunos
cielos. Casi podía uno sentir ternura de verle garrapatear las calles como
un perro, loco de olores que hormigueaban su nariz quejosa de bestias.
Suspiraba desmedido como si se tratase más bien de una mujer peluda, de manos
alargadas que inefablemente pudo atar él mismo sin malgastar palabra
alguna. Uno y otra sorprendidos del fastidio, que a veces les dejaba resolver
hacer cesar la huida de una y del otro, quizá por puro cariño o tal vez por
aquel desgano de caracteres que se consentían mutuamente. Algunas veces, ella,
que a fuerza de carantoñas conseguía soltar maullidos de ira, se acurrucaba en
un recuerdo que solapaba su muy acachorrado pelaje. Y quejosa de sí, ocultaba
sus pequeñas patas en la tarea de
acongojarse levemente, mas aún su legua en continua danza buscaba disipar la
triza de algo. Como los movimientos de pequeño afán, que son comunes en muchos
animales de aspecto esponjoso. Tal vez por eso ella, que entretenida en hacer
cambiar el color de sus ojos de rubio en negro y de negro en rubio, hacía las
veces de criatura perversa, redonda y estrecha de eñes por pura venganza. Él,
cada vez con pasos más elásticos, queriendo atajar un brazo que la sombra de su
criatura le había dejado definir suavemente, podía adivinarse recién mandado al
diablo por un chillido difícil de contentar; y así una vez más dobló en peso su
fuerza eternizando por siempre su inquilina soledad. Sus partidas no le
causaron otro efecto que el de hacerle lloriquear una vez cada tanto, quizá por
esas naderías que lograba extrañar de su muy diabólico animal y que muy tonto
hacían prisioneros a sus ojos de paloma.

1.8.12
Domingo o miércoles.
El descanso es un varón recién nacido, gimiendo y
reclamando bondad de las manos de todo lo que ahorca. Es una mano terca
ondulando de modo coreográfico la bragueta de un pantalón que se hace
(in)quieto. Quietud además terapéutica. Conozco bien a la puerta de mi casa y
sé que tiene antojos de mujer preñada que van a la par de mis caderas. Con el
tiempo me ha dejado saber que las festividades son grandiosas en su propia
estupidez, no sé si por la música o por esta gente que va duplicando su ración
de ternura. En algún momento me obligó a saber que soy morena, que tengo ojos
aguarapados y que me valgo de manos tontas. No he podido menos de atrapar con
aquélla misma quietud, esos mismos portazos tristes que se olvidaban algún día
de mí y de mi casa, y que van horrendas a desvanecerse en la palma de una mano
tonta que a su vez ataja y despide con la misma intensidad. Es una muequecilla
recién dada a luz. Recién prendada de algún bofetón didáctico y educativo, de
esas cosas horrendas que les pasarán a mis hijos. El descanso está cargado de
una cotidianidad tremenda, tanto como un cotejo de techo o una chiripa
asalariada, con tez morena, de ojos guarapos y manitos idiotas. Tanto como
usted sin dejar llover mi boca en su revés peludo; y es que a usted le gusta
pensar que no hay descanso.
22.4.12
Natalidad
Sin cuestiones jocosas, sin abuso mayor;
todo lo hicimos azul
para así poder dormir
sin tener que aprender
que hay punzas que saben su camino.
No te absuelvo de nada
aunque esta jaula parezca inmensa
la panza de un colibrí preñado;
apreso de una viscosidad desesperada
en disección
sin hábitos
con el pico partido en tantos tontos gajos
huyendo de ti
de los huesos uniformes
unido a la necesidad de saberse enfermo
caído
y gordito de rabia:
que se ha creído fértil de sí
porque yo lo engaño,
sin saber que me abruman
sus ojos de mujer tremenda
apresa de una viscosidad plumosa,
de tictaces flojos
de esclavina corta
sin un tilín de astucia
infértil.
1.3.12
Jaula.
Me aprendí tu número porque siempre me acuerdo de los golpes sonoros. De los compases y del ritmo. El ritmo que con protagonismo me arranca las horas y me guía a dar por sentado toda la insistencia que invertí en tu cadáver. Pero la frialdad y el jugo delicioso de tu ceso me han dejado huellas blancas en los contornos de una pleura y te me has derramado. Acostumbrarse es como tener un perro guía de por vida, sin darle de comer, sin darle juego. Tenerlo arrodillado en cada paso, dejarlo arrastrar por su propio peso que aumenta acorde a los años. Lástima que en esta carta te es imposible censurarme, pues he dejado al perro amarrado a la pata de tu cama a ver si juega contigo, a ver si se te vuelve útil un día o dos.
Suavecito me escurro por los vellos de tu pecho, porque me he ceñido a tu figura arrogante y no me gusta, pero esos son los efectos secundarios que traen consigo los perros guías. Por mucho tiempo me mantuve quieta y pasiva al régimen de arañazos que me apretaban desde dentro de la pleura y me resisto a tener esta lluvia sentada sobre las piernas porque no puedo con su peso. Porque en algún momento me voy a atragantar y voy a escupirte los hijos que me has negado. Supe por la manera de andar, que te gusta chasquear la lengua como golpecitos de molares de leche cayéndose de mis bolsillos. Por otro lado, extraño esa gimnasia sonsa que solías practicar antes de untarme tus dedos en el centro de mi cuerpo y que yo, coreográficamente pude llegar a aprender. Porque con el tiempo uno se decanta en el otro y cree con cierto recelo que las mañas son un mito. Y luego las mañas se van evocando nuevamente al pasar cada minuto bailable. Para ti, ya no tengo cosas indecibles; todo lo que me hace falta se lo debo a la manada de perros guías que adoptamos una noche. Ahora me hacen falta junto contigo y tu camita pequeña. Porque la costumbre me enseñó muy tarde, que uno es educado para amamantar a vertebrados de sensatez sonora. Nada de verticalidades.
Ahora me pasa que bajo por la esquina de esa panadería y huyo a mi trabajo por la acera de la biblioteca donde niña me colocaste un nombre y me guío ondulando los semáforos de tronco a tronco y ladeando los pómulos contengo unas lágrimas y tu barba de horas se asoma por la avenida y no volteo porque hay tres de ti a mi espalda y sé que si volteo en cualquier momento voy a volver y si vuelvo no me perdonan nuestros hijos y si te escucho cinco minutos antes de entrar me rasgo las pieles que me abrigan de ti y si las puertas se menguan y ladran más que otros animales te prometo me muero y si comienza a manotearme la lluvia en los pezones y pierdo todo lo que gané por mortal y si descabezo un despecho en el laboratorio de rutina y la radio se enciende para ubicarte y es tu voz cantándome lo de siempre porque a él lo oimos muchas veces y sin saberte ya me esperabas en la esquina de tu casa y me querías para siempre y me cogías las muñecas para que no te dejara y no te dejaba porque no quería y me arrullaste de una vez el sexo y me colocaste otro nombre en el acto y me negaste los niños de siempre y me besaste como en el banco de la primera vez y de tu manera de andar ya sabía que no ibas a amarme y contigua a la risa de tu padre mi bolsa que tiernamente arrullaba tus dulces se hacía de a puños un cubo y yo ligera me hacía cariños en la cara o donde me llegaran las manos para no tener un Dios mío arrodillado en el pecho y en mis viajes conmigo la vida y comienzo a no quererte poco a poco y me agrisan tus chistes de roce y te sorteo un par de vez y me sales una o dos y en el resto casi te dejo y la mesura me explica que la paciencia es como un pez sin pupilas y que se vuelve impredecible cuando recoges un tacón de pandora y te acuso una y mil veces y te dejo adioses en el piso al borde de la ciudad te dejo y no te escucho ni a ti ni a los perros que aprendieron a hablar de los dos y me voy y me lanzo a todos los ríos viscosos.
Nunca he sido buena para escribir posdatas sin embargo necesito a mis perros de vuelta.
Nunca he sido buena para escribir posdatas sin embargo necesito a mis perros de vuelta.
20.2.12
Morir de eñe.
Antes de que me faltaran dineros, los dibujaba a todos con el mismo patrón y los cortaba con la misma saliva y el mismo poco encanto que suelo tener al sacar la lengua. Me gustaba la gomosidad que me invitaban las tardes en lo de mi abuela; porque entraban en caos las hormigas bebés si las gototas que llovían no eran de origen dulcemente áspero, sino que por demás eran lipídicas. Todas ellas marronas y feas. Sentía que mientras más el moho, más la gramita verde y pura. Qué bonita; qué reñoña la niña ésta.
Después de mucho vuelco, he parado en la preñez de las palomas con su estrago más bárbaro e inculto. Creo que durante mucho tiempo me han obsequiado regaños de arrollo y a lo largo de cada preñez carnívora, he aprendido que los niños con su bañador apretado y mohoso, no son de fiar. Que las postales que te envían, a veces obsequian un corte señorial para saludar de mano y todo eso. Da lo mismo al aprender que los besos de lengua fueron reprimidos por los ñoños del frunce en la ceja. Porque nos odian dulcemente, porque tienen las cejas pegadas y no se distinguen la una de la otra como dos gusanos siameses; porque todos saben que hacer el amor implica, cortar los cuerpos y los gusanos a las mitades del cielo, porque así se extrañan más húmedos. Y que después de algunos días, se siente venir el otoño rosa, que invita a todos los juiciosos a gemir durísimo, como si las piñatas estuviesen cubiertas y rellenas de flores secas. Más bien de un polvo floral, que se hace metiendo las manos en un licuado de barro y practicándoles asfixia mecánica a todas las flores de lo de mi abuela. Taponándose los oídos para no escuchar sus súplicas. Mezclando muy risueña y arisca, como nacen todos los bebés. Huraños. Mañosos a los tres y borrosos cuando plantan sus pieses a la orilla de todo. Petulantes, como si no fuesen a caerse nunca. Pequeños y ruiodosos. Insoportablemente malditos. Yo también me amañé un par de veces; podría apuntar con meñiques todo lo que no me han dado nunca; engrosarlo bruscamente para que se lea mejor y en verso, como si les gustara a todos o les causara todo lo contrario. De hecho, podría apiñar los versos que tienen dueño; pero por ahora me gusta hacerme esperar. Por otro lado, si los extraños fuesen más ruidosos, fuesen todos bebés con corpiño, gabardina, plises a las caderas, amuñecados todos; pero fuesen de fiar. Lo sabes. Tuviese entonces ser extraño, una finalidad utilitaria. Pero no. Todos son mañores que tú. Apoderados de los bailes, del gusto de los viños blancos o tintos (siniguales y fríos), o de cualquier coña útil en estos días. Mañana me desquicio, te lo confieso casi con ardor. Después de mí, viene la costra; siempre te lo tuve presente. De cuando en cuando voy a volver con delicadeza; y te prometo que cada vez seré más dañina. Recuerda que cuando algo me falta, lo dibujo todo con el mismo patrón y lo corto con la misma saliva y con el mismo poco encanto que suelo tener al tocar un pipí. Mientras tanto voy amuñuñando tu recuerdo. Y eso que te amo y todo, pero en mi añejez voy soltando la clase y soplo un eructo bien emponzoñado, bien sentada como siempre, empeñada en cortejar palomas carnívoras, que estragadas vagamente, buscan alimentarse de mujeres en su noveno mes de preñez. Como si fuese esa la última oportunidad de alimentarse; y lo es, porque tiempo después, mueren en los parques nacionales.
Eso sí, no tengas tantito miedo cuando soñoliento encuentres esto cambiando el dibujo en tu pared:
Sí, soy yo otra vez
en tu baño
bien cañiza
de ensueño
sin lagañas
bien mona, con un moño
ñoña
ceñida al techo
doblada, como un pañuelo
aliñando tu comida
extraña
extraño
con la mirada desechable
la de siempre,
haciéndote daño,
con un fulgor redondo,
con mi puño en tu boca;
es que soy tampiqueña
que me hace daño tu meñique
en mi coño.
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