1.8.12

Domingo o miércoles.


   El descanso es un varón recién nacido, gimiendo y reclamando bondad de las manos de todo lo que ahorca. Es una mano terca ondulando de modo coreográfico la bragueta de un pantalón que se hace (in)quieto. Quietud además terapéutica. Conozco bien a la puerta de mi casa y sé que tiene antojos de mujer preñada que van a la par de mis caderas. Con el tiempo me ha dejado saber que las festividades son grandiosas en su propia estupidez, no sé si por la música o por esta gente que va duplicando su ración de ternura. En algún momento me obligó a saber que soy morena, que tengo ojos aguarapados y que me valgo de manos tontas. No he podido menos de atrapar con aquélla misma quietud, esos mismos portazos tristes que se olvidaban algún día de mí y de mi casa, y que van horrendas a desvanecerse en la palma de una mano tonta que a su vez ataja y despide con la misma intensidad. Es una muequecilla recién dada a luz. Recién prendada de algún bofetón didáctico y educativo, de esas cosas horrendas que les pasarán a mis hijos. El descanso está cargado de una cotidianidad tremenda, tanto como un cotejo de techo o una chiripa asalariada, con tez morena, de ojos guarapos y manitos idiotas. Tanto como usted sin dejar llover mi boca en su revés peludo; y es que a usted le gusta pensar que no hay descanso.

22.4.12

Natalidad

Sin cuestiones jocosas, sin abuso mayor;
todo lo hicimos azul 
para así poder dormir 
sin tener que aprender
que hay punzas que saben su camino. 
No te absuelvo de nada
aunque esta jaula parezca inmensa
la panza de un colibrí preñado;
apreso de una viscosidad desesperada
en disección
sin hábitos
con el pico partido en tantos tontos gajos
huyendo de ti
de los huesos uniformes
unido a la necesidad de saberse enfermo
caído
y gordito de rabia:
que se ha creído fértil de sí
porque yo lo engaño,
sin saber que me abruman 
sus ojos de mujer tremenda
apresa de una viscosidad plumosa,
de tictaces flojos 
de esclavina corta
sin un tilín de astucia
infértil. 

  

1.3.12

Jaula.

Me aprendí tu número porque siempre me acuerdo de los golpes sonoros. De los compases y del ritmo. El ritmo que con protagonismo me arranca las horas y me guía a dar por sentado toda la insistencia que invertí en tu cadáver. Pero la frialdad y el jugo delicioso de tu ceso me han dejado huellas blancas en los contornos de una pleura y te me has derramado. Acostumbrarse es como tener un perro guía de por vida, sin darle de comer, sin darle juego. Tenerlo arrodillado en cada paso, dejarlo arrastrar por su propio peso que aumenta acorde a los años. Lástima que en esta carta te es imposible censurarme, pues he dejado al perro amarrado a la pata de tu cama a ver si juega contigo, a ver si se te vuelve útil un día o dos.

Suavecito me escurro por los vellos de tu pecho, porque me he ceñido a tu figura arrogante y no me gusta, pero esos son los efectos secundarios que traen consigo los perros guías. Por mucho tiempo me mantuve quieta y pasiva al régimen de arañazos que me apretaban desde dentro de la pleura y me resisto a tener esta lluvia sentada sobre las piernas porque no puedo con su peso. Porque en algún momento me voy a atragantar y voy a escupirte los hijos que me has negado. Supe por la manera de andar, que te gusta chasquear la lengua como golpecitos de molares de leche cayéndose de mis bolsillos. Por otro lado, extraño esa gimnasia sonsa que solías practicar antes de untarme tus dedos en el centro de mi cuerpo y que yo, coreográficamente pude llegar a aprender. Porque con el tiempo uno se decanta en el otro y cree con cierto recelo que las mañas son un mito. Y luego las mañas se van evocando nuevamente al pasar cada minuto bailable. Para ti, ya no tengo cosas indecibles; todo lo que me hace falta se lo debo a la manada de perros guías que adoptamos una noche. Ahora me hacen falta junto contigo y tu camita pequeña. Porque la costumbre me enseñó muy tarde, que uno es educado para amamantar a vertebrados de sensatez sonora. Nada de verticalidades. 

Ahora me pasa que bajo por la esquina de esa panadería y huyo a mi trabajo por la acera de la biblioteca donde niña me colocaste un nombre y me guío ondulando los semáforos de tronco a tronco y ladeando los pómulos contengo unas lágrimas y tu barba de horas se asoma por la avenida y no volteo porque hay tres de ti a mi espalda y sé que si volteo en cualquier momento voy a volver y si vuelvo no me perdonan nuestros hijos y si te escucho cinco minutos antes de entrar me rasgo las pieles que me abrigan de ti y si las puertas se menguan y ladran más que otros animales te prometo me muero y si comienza a manotearme la lluvia en los pezones y pierdo todo lo que gané por mortal y si descabezo un despecho en el laboratorio de rutina y la radio se enciende para ubicarte y es tu voz cantándome lo de siempre porque a él lo oimos muchas veces y sin saberte ya me esperabas en la esquina de tu casa y me querías para siempre y me cogías las muñecas para que no te dejara y no te dejaba porque no quería y me arrullaste de una vez el sexo y me colocaste otro nombre en el acto y me negaste los niños de siempre y me besaste como en el banco de la primera vez y de tu manera de andar ya sabía que no ibas a amarme y contigua a la risa de tu padre mi bolsa que tiernamente arrullaba tus dulces se hacía de a puños un cubo y yo ligera me hacía cariños en la cara o donde me llegaran las manos para no tener un Dios mío arrodillado en el pecho y en mis viajes conmigo la vida y comienzo a no quererte poco a poco y me agrisan tus chistes de roce y te sorteo un par de vez y me sales una o dos y en el resto casi te dejo y la mesura me explica que la paciencia es como un pez sin pupilas y que se vuelve impredecible cuando recoges un tacón de pandora y te acuso una y mil veces y te dejo adioses en el piso al borde de la ciudad te dejo y no te escucho ni a ti ni a los perros que aprendieron a hablar de los dos y me voy y me lanzo a todos los ríos viscosos.

Nunca he sido buena para escribir posdatas sin embargo necesito a mis perros de vuelta.

20.2.12

Morir de eñe.

Antes de que me faltaran dineros, los dibujaba a todos con el mismo patrón y los cortaba con la misma saliva y el mismo poco encanto que suelo tener al sacar la lengua. Me gustaba la gomosidad que me invitaban las tardes en lo de mi abuela; porque entraban en caos las hormigas bebés si las gototas que llovían no eran de origen dulcemente áspero, sino que por demás eran lipídicas. Todas ellas marronas y feas. Sentía que mientras más el moho, más la gramita verde y pura. Qué bonita; qué reñoña la niña ésta.

Después de mucho vuelco, he parado en la preñez de las palomas con su estrago más bárbaro e inculto. Creo que durante mucho tiempo me han obsequiado regaños de arrollo y a lo largo de cada preñez carnívora, he aprendido que los niños con su bañador apretado y mohoso, no son de fiar. Que las postales que te envían, a veces obsequian un corte señorial para saludar de mano y todo eso. Da lo mismo al aprender que los besos de lengua fueron reprimidos por los ñoños del frunce en la ceja. Porque nos odian dulcemente, porque tienen las cejas pegadas y no se distinguen la una de la otra como dos gusanos siameses; porque todos saben que hacer el amor implica, cortar los cuerpos y los gusanos a las mitades del cielo, porque así se extrañan más húmedos. Y que después de algunos días, se siente venir el otoño rosa, que invita a todos los juiciosos a gemir durísimo, como si las piñatas estuviesen cubiertas y rellenas de flores secas. Más bien de un polvo floral, que se hace metiendo las manos en un licuado de barro y practicándoles asfixia mecánica a todas las flores de lo de mi abuela. Taponándose los oídos para no escuchar sus súplicas. Mezclando muy risueña y arisca, como nacen todos los bebés. Huraños. Mañosos a los tres y borrosos cuando plantan sus pieses a la orilla de todo. Petulantes, como si no fuesen a caerse nunca. Pequeños y ruiodosos. Insoportablemente malditos. Yo también me amañé un par de veces; podría apuntar con meñiques todo lo que no me han dado nunca; engrosarlo bruscamente para que se lea mejor y en verso, como si les gustara a todos o les causara todo lo contrario. De hecho, podría apiñar los versos que tienen dueño; pero por ahora me gusta hacerme esperar. Por otro lado, si los extraños fuesen más ruidosos, fuesen todos bebés con corpiño, gabardina, plises a las caderas, amuñecados todos; pero fuesen de fiar. Lo sabes. Tuviese entonces ser extraño, una finalidad utilitaria. Pero no. Todos son mañores que tú. Apoderados de los bailes, del gusto de los viños blancos o tintos (siniguales y fríos), o de cualquier coña útil en estos días. Mañana me desquicio, te lo confieso casi con ardor. Después de mí, viene la costra; siempre te lo tuve presente. De cuando en cuando voy a volver con delicadeza; y te prometo que cada vez seré más dañina. Recuerda que cuando algo me falta, lo dibujo todo con el mismo patrón y lo corto con la misma saliva y con el mismo poco encanto que suelo tener al tocar un pipí. Mientras tanto voy amuñuñando tu recuerdo. Y eso que te amo y todo, pero en mi añejez voy soltando la clase y soplo un eructo bien emponzoñado, bien sentada como siempre, empeñada en cortejar palomas carnívoras, que estragadas vagamente, buscan alimentarse de mujeres en su noveno mes de preñez. Como si fuese esa la última oportunidad de alimentarse; y lo es, porque tiempo después, mueren en los parques nacionales.  

Eso sí, no tengas tantito miedo cuando soñoliento encuentres esto cambiando el dibujo en tu pared:   

Sí, soy yo otra vez
en tu baño
bien cañiza
de ensueño
sin lagañas
bien mona, con un moño
ñoña
ceñida al techo
doblada, como un pañuelo
aliñando tu comida
extraña
extraño
con la mirada desechable
la de siempre,
haciéndote daño,
con un fulgor redondo,
con mi puño en tu boca;
es que soy tampiqueña
que me hace daño tu meñique
en mi coño. 

31.1.12

Que no se traduzca como crítica; es un reclamo.

Me pesa el desacierto, que vengo de ser nacida en estos días y lo acentúo cada vez más. En lo que digo y en lo que hago y en lo que busco y en lo que espero y en los adjetivos que utilizo y en las pieles que amanezco y en los pavos que me sumo y en los paisajes que me debo y las carencias que me siento y no he podido desvenir. Lo llevo todo colgado en la columna y en las punta de los pechos, esperando volver a una era que me ha debido la subjetividad con la que escribo ciertas cosas. Escueta modernidad me alcanza y le aclaro, que esta naturalidad se ha impuesto sobre los días a pesar de lo doblado. Hay cuestiones que no logro comprender, en estas gentes que nacen indiferentes a lo enternecedor de las vocales. Saber corresponder a las acentuaciones que practico, no es trabajo. No hay que definirme cuando me presento cual fruta que ha recién nacido. No me han cogido de una rama ustedes, natos de la calma y el embellecimiento connotado. No me han sabido ustedes, natos. Personalmente, prefiero ser cogida de la lengua y mesura de la misma, porque no me interesa el prodigio que se inhala y entumece a las almas de agudeza innata. El estado complejo de hostilidad trascrita, no es gemelo al divorcio de situaciones nocivas para vivir y decirlo. De hecho, no existe similitud siquiera de forma estrecha, al esparcir una oleada de molestia transcrita en un montón de versos huecos. No es un revestimiento, es la intención de incorporar, o más bien mantener, la voz que dirige el alma.

Exijo, por despecho y descontento, el retorno de las aves y los pasajes que han de concentrar la calma, que hacen al poema florecer. Las músicas de magia, que revierten el efecto de los espejos morales y se atreven a sonar muy alto. La potencia inmensurable del amorío risueño, que enviste al Dios sonoro y lo emborracha de placer. 

Engordo las vocales que me quedan, porque soy de estas gentes que se suman al magullo, la simpleza y los dolores de un sentir muy solo, muy inmune. Estrujo los lazos febriles, que han sido adorno para los obrantes de hoy día. Estos niños trovadores que no han hecho más que enjuiciar y maltratar a la lengua de los abusados. Merecen, por sí solos, un par de cachetadas de vidrio granizado, a ver si aguantan las palmadas de lo que han dicho y la forma en que lo han hecho. 

No me queda más que coger un trozo de papel, escribir mi reclamo y dedicarme a morir un par de veces; para que así se me tome en serio y logre quedar renuente mi edad hasta la fecha. Para que no se me subestime ni un poquito.   

26.1.12

Her(bívora).

Por cobrar lo tengo todo; 
tengo pupilas verticales
jugando a rasgos maternos,
de ríspido complejo y 
simbólica crudeza. 
debo alimentar de boca, 
porque sin duda, 
no hay nada peor
que tener un crespo impersonal
pendiendo de dos lupas.
éstas, por muy fácticas que parezcan
ocurren húmedas
y muy poco sobrias 
a la visión decimal del resto.
entonces, no tengo todo
sino que en cambio, 
existo en miles de evasiones de poco carácter,
y confío, en que por su infinita misericordia
me ha de conceder el pasaje de ida
y me ha de negar el retorno involuntario, 
por dos siglos y una vida
coagulada en un escombro del mundo.
el frío entonces coexista,
y me imite muy a solas. 
confío en que has nacido
de pupilas horizontales
que te han hecho hoy mi presa;
mas opuesto a mi semblanza,
depredo mi cultura. 

27.12.11

Très.

La tiza pastel ha servido
para motear un chasquido de cuidado,
y se ha posado práctica en la nariz del fondo
porque hay tres cosas que no he podido aniñar
y es que me gusta enarcar una ceja de por medio;
si vuelve un marido con un libro de Anastasia,
se lo estrujo en la cara para que deje de berrear cosas que no son.
para que no haga posdatas en los objetos de mi casa.
para que  bien se chupen los bordíos de mis nalgas
para que los objetos prestos al moteado, se hinchen y no me quieran más.
Porque mira, dicen que muy bruja censuro las vocales juguetonas,
                            y que a veces soy mimosa, y que no tolero los pollos en fuga,
y que me gusta cargar en el vientre: el peso neto de las lenguas muertas,
y que muy bruja ahorco con mis piernas a todo eso que evita lo maternal de mis caderas, y que tengo malicia en las planeces del pecho porque me alimento de lombrices rosadas. Y que tengo una frialdad terrible para coger las barbillas.
te digo, me gustan los tantos pliegues de mi bajo
de carne y vellos;
porque no me ha gustado jamás el revés de esos sexos de rollizo aspecto
pero se me ha educado para curiosear lo que no me gusta
y así mientras nunca me gusta, gozo del zigzag que me habita muy abajo.
y es un caso eso de lo de los objetos, porque me gusta que se peguen a las sombras que deja el polvo cuando se toman de cabeza.
Y se quejan porque no les gusta practicar el orden, y a mí sí.
dicen que entonces, muy bruja controlo y mantengo, y que está mal.
Hay algo visual que me ha estado parando las flemas del centro,
como gárgaras de paloma tibia,
y es que nadie ha llamado por su nombre,
a lo pequeñito de mi centro,
que todo ha hecho por hacerse notar.
se han gastado ya las etiquetas que al raspar la cubierta agrisada,
soltaban un quejido mariano
por cada nombre ilegible.
Los nombres se leen ya muy borroso,
pues bruja he chorreado la tinta
de horas y horas por secar.

25.11.11

El bloqueo de rigor.

Las paralelas no tienen el mismo alcance.
Si se abucheara un nombre de cruce
las paralelas con un gruñido
simplemente se desharían 
de los dobles. 
Porque las paralelas bombean 
cuando se afligen
y se apagan 
cuando tienen miedo.
Las paralelas huyen con el sopor de los flancos
y se enternecen con un sueñecito de tarde.
Si las paralelas no le permitiesen coger un árbol
róbese usted una hoja,
y antes de cruzar la pieza
ríase en la cara de una paralela,
que con un gruñido de rigor,
acaballe a todos
                 todos los rieles
del maullido emponzoñado 
que hacen 
las mujeres 
de
mi
temple bien armado. 


8.10.11

En víspera a mis dieciocho penas.

En el patio de aquel alquiler se dejó plantada mi altura. Rejas negras de esquina a esquina y un duplo de escalones puntiagudos para entrar al interior de la casa. Un caminito inclinado que se adornaba con la vejez de los hongos verdes que parecían gramilla y no se dejaban pisar por el pie u otro. Había un vasto oficio para las palmas en verano,que  se bañaban del matiz del sol tiritante, y las rayuelas a tiza de bajo perfil; algunas ya extintas por la tenacidad del agua que se venía después del girar del sol. Nos acongojaba en ese ventanal negro, pecho de paloma ya acuoso y enrojecido por el vaivén del portal de anaqueles viejos. Los descuidos se filtraban por el tamiz del inmenso porrón blanco, donde asentaban unas llaves de repuesto por si a la vida se le pasaba en alto un detalle y todo aquel que sucumbiera a él, pudiese volver sigiloso como un ladrón. Y comiera frente al ceibo de la sala.


Así mi fobia a las hormigas amarillas y a los bachacos que a la luz parecían violetas. Las tardes se me pasaban con esa prima que se mecía en mi corta lengua, y aderezaba mi memoria con el olor de su saliva ácida en mi tez morena. Era tres años mayor que yo; supongo que tres años más inquieta que yo.


Los días me llevaron a tornarme redonda y a parecer muy fresca en las rejas maltrechas de la casa de mi abuela. Años después, me tomó un sábado entero saber que tocarse demasiado el cabello era signo de una mujer atenuada furtivamente. Te digo que a mi edad quería ser muy rubia, con las facciones de la niña que me besaba de lengua tres veces más inquieta que yo. Se me hacía injusto saludarlo de beso cuando ella se pavoneaba por la acera, casi haciéndome saber que la inquietud de algunos años, hacía sonrojar con menos discreción al pobre. Una tarde decidimos mentirle con la frialdad de alguien que, tres veces más viva que yo, podía defecar en el patio, bajo el pecho de paloma fruncido, donde retozaban aquellas hormigas teñidas de miel. Deletreé pudor dos veces y pude congregarme sobre el cubil de las mocas muertas.

 Acordamos que para su estadía en España, yo había estado junto a ella cuando nos topamos con La Cibeles y decidimos beber como dos gatas. Mentira. Eso le dije a Dargüin cuando pasó frente a la reja y saludó. Relajé los labios para mentir confiada, sin saber que tiempo después sería inútil apear de tal manera. Ella intercedía entre mi coartada y mi languidez al reparar una y otra vez en lo acordado, y lograba sonreír con astucia. Me goteaban las palmas y salivaba como un perro ansioso sin saber qué hacer o más qué decir; ojalá y hubiese reducido las pausas. Luego pude olfatear por el espacio de las rejas su altivez por querer huir. Siguiendo el borde interno de las rejas, se me antojó irresistible comunicarle mi gran hallazgo y sin más le grité: - ¡Dargüin, ¿sabías que ayer cumplí nueve? -babosa le dije- Ya casi te alcanzo -repliqué-. Doblando la esquina dijo: - Yo ya tengo diez, despeinada. Con las manos muy escurridas en los barrotes oxidados, me aparté la maraña de la cara y maldije por primera vez como un cascabel blindado.



27.7.11

Velada literal.

Pandoras

E intenté coger todas 
las mariposas que salían de su nariz
con el calcetín más hueco de todos. 

Fue como palparle un riñón a cada lucero,
lamerle las caries a un gusano
y parir de cabeza.

Típico del humano pez:
nacer con los párpados muertos
y morir fríos en una panadería o en la esquina de la bodega.

Es como delegarle la Unión Soviética 
a cualquier chivudo, comunista y ruso;
más ruso que una violencia mediática.

Hay que hacer el amor
a plena desnudez de
un apagón provocado.

¿No te parece que somos
como muy venezolanos
para tener este pulso?


Sin título

Con un sello torácico 
haciendo borbollones de saliva,
se le ha dormido la cara toda desordenada 
como dos fanales sin espalda;
donde la vida es vida
y comienza algún vocablo,
es donde se nacen las palabras
y tú acabas
       acabas
    y acabas.

Se extinguen las miradas mariposa
para aferrarnos a todo aquel infinitivo
que tenga coma
que viva en pausa
que muera y coma
que haga ruido
que trague sangre
y que también coma. 

No hay más prórroga en este verso
que vomita mi infancia
y se trae mis ganas de hacernos
más bulto
más peso en los bolsillos
más tiernos en la hamaca. 

Y es que de acuerdo
a las leyes de fobia
se cortan
de tirón las risas
que vengan desnudas a la fuerza.

-          Amén.


Nada personal

Carezco de óvulos que en las sienes
descaman el murmullo de mi pelo;
que buscan espacio en cada vena
y se quitan los zapatos para entrar a casa.

Ya no hace falta el mismo semen
para darle vida a los domingos,
para nacer un día de fiesta,
morir y ser beata; 
todo al mismo tiempo.